Día 37
Chernóbil siempre me ha atraído enormemente. Crecí leyendo historias, unas verdaderas y otras ficticias, relacionadas con el accidente nuclear de finales de los años 80. Más recientemente, a raíz de la proliferación de series y películas sobre el accidente nuclear, mi interés se convirtió en obsesión. Tenía que ir a Chernóbil y tenía que ir ya. Me puse manos a la obra y busqué el modo de llegar hasta allí.
Una agencia de viajes de cerca de mi casa, en el barrio madrileño de Malasaña, ofrecía viajes en autobús hasta Kiev, y desde allí excursiones a Pripyat, la ciudad ahora fantasma que surgió en torno a Chernóbil en los años 70, y visitas guiadas a la central nuclear. El viaje era una paliza, dos días y medio en autobús sin parar. Pero estaba muy bien de precio y me iba a permitir cumplir mi sueño.
Así que no me lo pensé más. Me compré un billete para principios de verano, y empecé a ahorrar para adquirir todo el material que me iba a hacer falta para mi viaje: ropa cómoda, una buena cámara de fotos y otras cosillas de menor importancia. Una de las primeras cosas que hice fueron los trámites para renovar mi pasaporte. El tiempo pasa volando y, antes de darme cuenta, ya estaba rumbo a Chernóbil
Realmente grata fue la impresión que tuve al llegar a la capital ucraniana. Tan obsesionado estaba con Chernóbil que no me había parado a pensar en que Kiev iba a ser nuestro cuartel general. Me encantaron sus edificaciones de colores y el buen ambiente que se respiraba por sus calles. De hecho, me pregunté por qué tantos ucranianos emigraban a España. También era verdad que los días que pasé allí coincidió con buen tiempo. No debía ser lo mismo en mitad de un crudo invierno.
En Chernóbil se me aceleró el corazón. Era exactamente como yo lo había imaginado. Un auténtico lugar fantasma. Lo que no me gustaba era que había que atenerse a unos senderos muy específicos y no podía uno desviarse del camino. Según los guías, los senderos preestablecidos eran la única garantía de una visita sin peligros para la salud.
Nunca habría podido imaginar que en Pripyat sí que hubiera algo de vida. La imaginaba como una ciudad fantasma y ya está. Pero allí conocí a varias personas que viajaban diariamente desde Kiev y otras localidades a trabajar. Trabajos de mantenimiento, sobre todo, y algún comerciante que suministrada, sobre todo, bebidas alcohólicas a los que allí trabajaban.
Tras mucho pensarlo, tomé una decisión. Si había gente que trabajaban en Pripyat, tan cerca de la planta nuclear, eso quería decir que sí que se podía pasar algún tiempo allí y no necesariamente ciñéndose a senderos tan limitados como los que había conocido hasta entonces. De modo que cambié me billete de vuelta y me quedé una semana más en Kiev por mi cuenta y riesgo. Me iba a poner morado a hacer fotos distintas de las que pudiera hacer cualquier turista. Me iba a quedar un álbum de lo más chulo.
Era una pena no saber ucraniano, o al menos ruso, para poder entenderme con los trabajadores de Pripyat. Algunos me miraban como si estuviera un poco loco, pero estaban demasiado ocupados como para perder el tiempo conmigo. Yo estaba en una nube. No solo me metí en lugares donde no habría podido nunca imaginar, sino que en Pripyat entraba cada día en el único bar existente para mezclarme con los de allí. Al no poder hablar su idioma, la comunicación se limitaba a hacer brindis con vodka local y a muchas risas.
No es necesario decir que la semana adicional se me hizo cortísima. Los días los pasaba en Pripyat y Chernóbil y a última hora de la tarde volvía a Kiev. Fue todo un placer recorrer sus calles, y embriagarme con los olores estivales de la ciudad. Incluso me dio tiempo a tener un pequeño affaire de dos días con una lugareña que hablaba español bastante bien. Ella, a pesar de ser de allí, nunca se había acercado a Chernóbil. Para ella, era algo del pasado ucraniano que no le interesaba lo más mínimo.
Ahora llevo tres semanas en España. Mi amiga ucraniana prometió visitarme a finales de verano, pero estoy empezando a sospechar que eso no va a ser posible. Hasta hace un par de días me encontraba encantado de la vida. Todo me salía bien últimamente: había realizado mi sueño y quién sabe si no iría a empezar algo serio con esta chica, Irina, que me encanta. Hace dos días, sin embargo, empezaron los vómitos. Apenas puedo levantarme de la cama. Y no me atrevo a ir al médico. Cómo van a tratarme de una enfermedad fantasma.
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