Día 31
Cuando el campanario de la Iglesia dio las ocho de la tarde, Pedro González Ramírez, profesor de secundaria en un instituto de la Sierra Norte de Madrid, se levantó momentáneamente de la silla y se dirigió a la puerta de su casa para aplaudir junto al resto de vecinos. Era el merecido aplauso que tantos millones de españoles les brindaban a los colectivos que estaban dando su vida para ayudar a sus conciudadanos durante la pandemia del coronavirus.
Un día más, efectivamente, los sanitarios, los policías, y otros colectivos que tan merecido se lo tenían recibían estas muestras de cariño durante varios minutos. En ocasiones, el coche de Protección Civil se venía arriba y hacía sonar sus sirenas, lo que confería tintes aún más emotivos al homenaje.
A Pedro le encantaba salir a unirse en este acto de hermanamiento. Era, de hecho, el momento más bonito del día para él. No se lo había saltado ni una sola vez desde el principio de la cuarentena. Nunca había sido muy partidario de protocolos ni celebraciones, pero esto era algo distinto. Por primera vez en su vida, se había encontrado, al igual que el resto de los habitantes del planeta, en una situación en la que la supervivencia básica estaba en entredicho.
Realmente, la rutina de Pedro durante la cuarentena era bastante sencilla y sin sobresaltos. Como profesor que era, estaba teniendo que adaptar toda su docencia a un modelo en línea, preparando materiales para sus estudiantes, que colgaba en el aula virtual, y organizando sesiones remotas por medio de herramientas de videoconferencia.
Era algo que estaban realizando miles de profesores a lo largo y ancho de la piel de toro, a lo largo y ancho de Europa ¡a lo largo y ancho del mundo! Docentes de todos los niveles, primaria, secundaria, universidad, se entregaban a una frenética labor de reconversión metodológica y adaptación de materiales educativos sin parangón en la historia reciente. Pedro, como era lógico, se vio envuelto en esa corriente.
Nunca había sido muy ducho en el uso de las herramientas informáticas. Pero entendió que esta era una ocasión ideal, además de necesaria, para superar esa laguna formativa en su carrera profesional. Él siempre había sido considerado por sus compañeros y directores de departamento un profesor ejemplar, entregado por completo a sus estudiantes y en continua busca de las últimas publicaciones en su área para incorporar a su docencia cualquier elemento que pudiera ser provechoso para los estudiantes.
Tenía ya una gran cantidad de material de la asignatura de Geografía e Historia digitalizado y puesto a disposición de los estudiantes. Le habían asegurado que era un proceso bastante sencillo y poco traumático. Sin embargo, como él se temía, había resultado bastante más complicado de lo que le habían dicho. Nada insuperable, pequeños problemas con la tecnología, una grabación que se detenía a la mitad, una conexión a Internet que fallaba, un micrófono que no había funcionado. Pequeños detalles que, sumados, hacían que cualquier proceso de adaptación a la enseñanza virtual se alargará más de lo deseado.
El caso es que, entre unas cosas y otras, los días de cuarentena de Pedro eran jornadas de trabajo intensas, no ya de sol a sol sino mucho más. Las clases en línea con los estudiantes eran su parte favorita del día. Siempre había disfrutado del contacto con los chavales, y, aunque ahora fuera a distancia, era siempre reconfortante sentirlos ahí. Además, sus estudiantes le habían ayudado a resolver muchos problemas técnicos a la hora de impartir la clase virtualmente; estaban haciendo un gran trabajo en equipo.
No importaba el agotamiento que venía sintiendo últimamente. Toda la población estaba haciendo grandes sacrificios. Había colectivos que se estaban jugando la vida, exponiéndose al virus día tras día y trabajando tantas horas como él, o más. Él, Pedro González Ramírez, que siempre había sido un profesor ejemplar, tenía en estos momentos tan dramáticos que solidarizarse con el esfuerzo del resto de sus paisanos. Además, era la ocasión de demostrarse a sí mismo que, en estos tiempos de revolución metodológica, seguía siendo un gran profesor.
Al menos tres semanas prácticamente sin descansar llevaba Pedro trabajando, durmiendo sólo un par de horas por la noche, y apenas sin comer durante el día. Todo por sus alumnos, por sus queridos alumnos, y para que nadie pudiera decir que no lo había dado todo. Al llegar la medianoche de ese día, sin embargo, llevaba ya casi cuatro horas seguidas de inactividad, algo inaudito en todo este tiempo. Allí estaba, en su cocina, la cabeza desplomada sobre el teclado del ordenador. Muerte por agotamiento, dictaminó el forense al final de la cuarentena, alertados los vecinos por el fétido olor que se desprendía de la casa. Uno de tantos casos anónimos de karoshi.
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